Biblioteca Popular José A. Guisasola


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Cuento» Ciber Cirilo, de María Alicia Esain


Cirilo es un ñandú muy andariego. Tanto, que a su mamá la vuelve loca con sus escapadas.

Es que él se aburre mucho. No hay ñanducitos cerca de su nido para tener amigos y no sabe a qué jugar. Entonces sale dando grandes trancos y cuando se da cuenta, está muy lejos de sus papás… se viene la noche…


¡Le da cada susto! Doña Ñandita y Don Ciro salen a buscarlo. Tienen temor de que algún cazador atrape a su hijo y lo transforme en plumero.


Han invitado a unas perdices a jugar con él. Esperan que así no se escape… ¡Correrán carreras hasta el puente viejo! Cirilo se entusiasma y dando tres trancos llega al puente y mira hacia atrás…

—¡Gané, gané! —dice al ver a sus compañeras de juego muy lejos todavía— Esto es muy aburrido.

Y se escapa hasta el juncal.

Sus padres lo buscan muy preocupados. Está perdido entre los juncos… ¡Menos mal que una gallineta les avisa donde está! Lo traen de regreso al nido. Al día siguiente andan unos petisos cerca de allí.

Don Ciro los invita a jugar con Cirilo. Doña Ñandita les cocinará pastel de alfalfa para ellos y bizcochos de bichos chocolatados para Cirilo. Éste desafía a los petisos a correr hasta el puente viejo.

Pasa lo mismo que con las perdices. Cirilo se entusiasma y dando tres trancos llega al puente y mira hacia atrás…

—¡Gané, gané! —dice al ver a sus compañeros de juego muy lejos todavía— Esto es muy aburrido.

Y se escapa hasta un bote que está en la orilla del agua.

¡El bote se mueve! Cirilo tiembla de miedo, ya es tarde… menos mal que unos bagres lo empujan de regreso a la orilla. Sus papás lo están esperando.

Regresan al nido. Están enojados y con mucha preocupación. Cirilo, por su parte, se siente muy asustado y se da cuenta que sus escapadas son un dolor de cabeza para sus papás y una fuente de problemas y sustos para él ¿Qué podrá hacer, a él le encanta correr?

Esa noche, ellos charlan sobre las travesuras de Cirilo. Entonces deciden pedirle a Don Ñando, el hermano de don Ciro, que venga con su familia a vivir cerca. Así el andariego ñanducito tendrá con quien correr carreras sin ganar siempre.


Mientras tanto, lo harán estudiar computación. Estará un poco más en el nido y podrá divertirse comunicándose con todo el mundo. Además, le sugieren a Cirilo hablar con Pepe Luis, el viejo ñandú que organiza maratones para pichones de ñandú.



¡Cirilo está encantado con las propuestas! A los pocos días sus escapadas son cosas del pasado.



FIN


Texto del estudiante
Lenguaje y Comunicación 1º Básico
Viviana Briceño López • Víctor Contreras Medina • Lissette Mella Huerta


Creación del Departamento de Estudios Pedagógicos de Ediciones SM, Chile. Año 2018
https://www.sgeorgeschool.cl/pdf/LENGUAJE-1.pdf


Visto y leído en:
EnCuentos - Recursos Educativos. Cuentos, poesías y relatos para niños
https://www.encuentos.com/cuentos-de-animales/ciber-cirilo/
Diario Digital "El Navarrero", Navarro (Argentina)
https://www.elnavarrero.com.ar/ciber-cirilo-un-cuento-de-alicia-esain-sera-impreso-en-chile/


Cuento» La selva de los leones, de María Alicia Esain


En la otra esquina de mi casa está la selva de los leones. Nunca vi un león por ahí, pero yo sé que ésa es la selva de los leones. Cuando salgo con mi mamá a hacer las compras, paso por allí y escucho sus rugidos… también sus pasos entre las ramas.

Unas noches atrás me desperté con muchísimo miedo y llamé a mamá. Cuando vino hasta mi cama le pregunté:

—¿Andan los leones de la selva de los leones por acá?

—¡No, nena! ¡Son los gatos de doña Catalina, la vecina, que andan buscando novia! Dormite tranquila, estoy al lado —y me dormí como ella dijo.

Mi hermanito se escapó la vez pasada sin permiso a andar en triciclo y me asusté terriblemente… ¿Qué le pasaría si llegaban a verlo los leones de la selva de los leones?

¡Ese chico es terrible y no tiene miedo a nada! Le avisé a mamá y fui a buscarlo de una oreja. ¡Bah! A los gritos, porque si lo quiero agarrar de las orejas se hace el guerrero invencible y me pega… y yo me defiendo con las uñas y después mamá nos reta a los dos y después viene papá y pone la cara seria y chau todo.

La otra semana mamá me mandó por botones a la mercería que está enfrente de la esquina de la selva de los leones. Entonces me puse los patines y salí rápido hacia allí. Si los leones querían correrme, yo tenía cómo escapar. Por suerte, parece que estaban durmiendo, porque nada me sucedió.

Mamá quedó contenta con el mandado que le hice. Como me porto bien, prometió traerme un regalo cuando fuera al centro. Anteayer le conté a mi maestra que vivo cerca de la selva de los leones. El tema le interesó mucho y me hizo un montón de preguntas. Luego trajo un libro grande y gordo lleno de letras y de fotografías.

Nos contó cómo son esos animales, qué comen, donde viven y otras cosas más, muy interesantes. Más tarde vimos una película de dibujos animados donde un león bueno tenía amigos y era el Rey de la Selva. Mi abuelo Tato dice que en las películas sólo se cuentan fantasías, así que eso del león bueno no debe ser verdad.

Por las dudas, cuando lo vea le preguntaré, quiero asegurarme antes de pasar nuevamente por la esquina. Ayer vinieron de visita mis amigas. Verónica quiso jugar a las escondidas y me tocó contar… ¿Saben dónde se ocultó? ¡En la selva de los leones! Así tuve que contar otra vez… ¡Ni loca la fui a buscar por allí!

Ella se encontró un precioso oso de peluche en el lugar. Como es muy buena, me lo regaló. Lo lavamos bien y cuando esté seco, dormirá conmigo.

¡No saben lo que pasó! ¡La selva de los leones no está más!

El papá de mi amigo Martín construirá en ese lugar una casa y sacaron todas las plantas… ¡No había ni un león chiquito siquiera! El miedo se me pasó, no sé si por eso o porque el osito puede dormir desde esta noche en mi cama.



FIN


Cuentos Infantiles 4 EDIBA
http://ediba.com/arg/cuentosinfantiles.asp


Visto y leído en:
Encuentos
https://www.encuentos.com/cuentos-de-animales/cuentos-de-leones/la-selva-de-los-leones/
Bibliopeque itinerante
http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2013/07/imprenta-mayuscula-dos-cuentos-de-maria.html


Cuento» Aventuras en la lluvia, de María Alicia Esain


Lo que les voy a contar ocurrió hace mucho, mucho tiempo, cuando yo iba a visitar a mi tía Nina. Ella vivía en una casa antigua, con un gran patio y muchas flores. A mí me encantaba ir a dormir con Nina porque podía jugar en su jardín por las mañanas, ayudarle a cocinar y sobre todo… ¡Desayunar en la cama!

Siempre tendía para mí un sofá que estaba contra una pared de su dormitorio. Allí me acostaba cada noche y mientras me dormía, me gustaba mirar una gran mancha de humedad que había en esa pared. Buscaba adivinar en esa mancha formas, caras, personajes. Una noche de lluvia ocurrió algo muy extraño. De pronto, vi salir de la pared algo extraordinario. Parecía un fantasma de algodón…pero oscuro, tan oscuro como las nubes que anuncian chaparrones. Sentí que tocaba uno de mis hombros mientras se transformaba en una dama gris de increíble belleza y decía con voz muy profunda, pero dulce y amable:

—¡Buenas noches! Soy Tormentosa, un hada buena a pesar de mi color. ¿Querés venir a pasear conmigo? —y me tendió su mano. Mano delgada, transparente y con perfume a lluvia.

Estaba tan sorprendida que no alcancé a responderle cuando me di cuenta que llevada por la fuerza de algo invisible, dejaba la tibieza de mi cama e iba penetrando en la pared, justo en el centro de la mancha de humedad…

—Vení, vení, vamos a dar un paseo que te encantará —dijo el hada y comenzamos a subir, subir, cada vez más rápido hacia el cielo. Íbamos por un camino con muchas curvas y atrás de nosotros quedaban relámpagos, rayos y centellas…Se oían unos truenos tremendos y a pesar de eso no sentía miedo. Viajaba confiada aferrando la mano de Tormentosa, mientras la lluvia caía sin parar por debajo de nosotros y parecía ondular con tranquilidad haciendo un rumor muy, muy suave…

Tormentosa me sonreía y me levantaba más y más, hasta que tan suavemente como habíamos subido, comenzamos a bajar. Lo hacíamos entre una niebla que se despejaba de a poco, al mismo tiempo que íbamos hacia una zona llena de luz. En un momento, estábamos frente al sol y a nuestro alrededor aparecieron siete personajes más ¡Eran siete hadas, bellas y transparentes como Tormentosa, suaves y amables como ella y como ella me sonreían…!

En lugar de varita mágica tenían un pincel dorado en una de sus manos y una paleta de colores en la otra.

Fueron surgiendo de la niebla que nos había rodeado flores, plantas, animales, cosas, todos sin color…Al llegar hasta donde estábamos Tormentosa y yo, cada una de las siete hadas fue saludándonos y eligiendo una flor, una planta, un animal, una cosa. De a poco fueron llenando a cada uno de colores, hasta que todos estuvieron listos, como los vemos todos los días. Mi amiga Tormentosa pintó el humo de una chimenea, un hermoso caballo, varios pajaritos y un gato gordo y brillante que parecía un pompón de seda…Yo estaba tan asombrada que no podía pronunciar ni una palabra. Todavía me esperaba una sorpresa mayor: me di vuelta para mirar el camino que acabábamos de recorrer y vi ante mí que ese camino era nada menos que… ¡El Arco Iris! Tenía cada uno de sus espléndidos colores.

Mientras tanto, me tomaron de las manos Tormentosa y sus compañeras y comenzaron a bailar cantando:

“¡Después de la lluvia qué lindo es mirar las plantas, las flores y todo brillar; pues cada gotita de un gran chaparrón pinta los colores y lucen mejor! ¡Hagamos la ronda de la luz y el sol, y cantemos juntos esta canción!”

También yo canté y bailé con ellas, llevando el compás con las palmas de las manos ¡Sentía ganas preguntarle tantas cosas a las hadas! Cuando terminase la canción lo haría, estaba segura. Ya estaba lista para comenzar a soltar mi curiosidad. De pronto, escuché la voz de mi tía Nina que decía:

—¿Así que ahora cantás dormida? Me parece que te hace falta un buen desayuno ¡Vamos, que te traje té con leche calentito y pan con dulce de duraznos, ése que hago especialmente para vos!

Pensé que si le contaba lo que había visto, mi tía no me creería.

Ella, por su parte me dijo:

—¿Te gustó el paseo por la mancha de humedad? Como se enfriaba el desayuno y tenía que ir a le escuela, no pude contestarle. Eso sí, siempre que llueve creo que Tormentosa y sus amigas vienen a visitarnos, porque todo queda luminoso y reluciente, como recién pintado por las hadas.



FIN

(c)María Alicia Esain


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Visto y leído en:

Cuentos para dormir
http://cuentosparadormir.com/infantiles/cuento/aventuras-en-la-lluvia


Cuento» Martilletti con martillo, de María Alicia Esain


En el Bosque Verde Claro vive Sebastián Martilletti, el jabalí. Es muy trabajador, pero porfiado y cascarrabias… ¡Un caso difícil! Sabe hacer todo tipo de tareas.

Pasa largas horas con sus herramientas. A veces, se olvida de preparar sus lecciones de la escuela o hace tales desastres que su mamá debe retarlo.

¡No puede ser que arruine un mueble o se ensucie tanto que nadie lo conozca!

La vez pasada, quiso construir una pileta de natación. Hizo un pozo con la pala y muchos viajes con agua en su balde. Cuando creyó que estaba lista, se zambulló…

¡Se embarró de la cabeza al rabo!

—¡Qué rabia me da esto! ¡Qué rabia me da esto! —repetía Sebastián con voz de enojo.

Otro día quiso hacerse un automóvil a pedal como había visto en una vieja revista de su abuelo. Tomó alambre y papel de diario…

¡Cómo se rieron todos cuando una nube peleadora lo empapó y le dejó solamente la carrocería!

—¡Qué rabia me da esto! ¡Qué rabia me da esto! —seguía el jabalí.

—¿Cuándo me van a salir bien las cosas, cuándo?

Y sus colmillos se enrulaban más todavía.

—Cuando hagas las tareas, no llegues tarde a la escuela y escuches al maestro Tomás Carpintero y a Don Foquito, el maestro electricista, por ejemplo —le contestaba por milésima vez su papá.

Tantas veces lo repitió y tantos fracasos amontonó Sebastián que finalmente prestó atención. Aprendiendo, aprendiendo sus inventos fueron un éxito y le dijo adiós a las rabietas.

Ahora, tiene su taller en el árbol más verde del Bosque Verde Claro.

Así lo anuncia un letrero:

SEBASTIÁN MARTILLETTI
—INVENTOR ARREGLATODO—
TRABAJO BIEN - COBRO POCO


Es muy exitoso y todos los animales lo llaman para que componga lo que se les rompe o para que les arme lindos muebles, lámparas y cualquier tipo de artefactos novedosos.



(c)María Alicia Esain


FIN



Ilustración: @drawkman - Licencia premium de Freepik
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Visto y leído en:
Para Chiquitines
Parachiquitines es un proyecto a favor de la niñez, que rescata valores cristianos, éticos y culturales y los aplica en diferentes escenarios de la vida infantil.
http://parachiquitines.com/cuentos/martilletti-con-martillo-autora-maria-alicia-esain/"



Cuento» Teresita la tortuga veloz, de María Alicia Esain


Hacía mucho que la tortuga Teresita vivía debajo del Puente de los Carros. De la época en que corría el tren. Cuando la locomotora anaranjada hacía oír su silbato, la tortuga se preparaba para ver pasar los vagones llenos de gente y de mercadería. Era muy interesante contemplar esto, que se repetía cuatro veces por día, así como escuchar las conversaciones de los pasajeros cortadas por el viento u observar el gris y elegante uniforme de los guardas que controlaban que nadie viajase sin boleto. Una vez, un Pampero muy fuerte le había volado la gorra a uno de ellos y había caído ésta cerca de Teresita. Ella se la guardó y cuando nadie la veía se la probaba mientras se miraba en el espejo del agua ¡Soñaba con viajar hasta el pueblo y poder lucirla!

Además, el pasto tierno que crecía cerca del arroyo le encantaba. Era sabroso y casi no le hacía falta nada más a la tortuga para ser feliz. Cuando lograse subirse al tren, que venía ya despacito a la altura del puente, podría llegar al pueblo, lucir su gorra, ir al circo, subirse a los juegos de los parques, escuchar a la Banda de Música tocando en la plaza y…¡Comerse ella solita unas de esas espumas azucaradas color frutilla que se vendían en los días de fiesta! También tenía pensado comprarse un globo plateado y si hacía falta, pasar la noche escondida en la rotonda bajo las hojas de las magnolias que a veces caían allí.

Pero un día sus sueños se deshicieron como un helado bajo el sol de enero. El tren dejó de correr y se arrancaron las vías. Para Teresita había concluido un tiempo agradable y entretenido. No se veían carros y de ahí en adelante, tampoco trenes. Guardó la gorra y la tristeza se le fue pegando al caparazón…Intentó varias veces ir al pueblo por su cuenta, pero cuando lo hizo, tardó tanto que llegó siempre tarde. Si venía un circo, lograba alcanzar la boletería cuando estaban desarmando la carpa. Si un parque anunciaba por avión su presencia, ella arrancaba con entusiasmo y arribaba al terreno donde se ubicaban cuando sólo quedaban huellas del lugar ocupado por la calesita o los autos de colores. Si había fiesta en la plaza, llegaba a ella junto con el barrendero que debía limpiarla después de un día completo de música y baile.

Unos años más tarde, cuando la tortuga ya se había resignado a su soledad, apareció un potrillo muy hermoso. Como Teresita no lo conocía, casi murió pateada por él. Menos mal que el potrillo la vio y frenó su carrera a tiempo. A él le gustaban mucho los demás bichos, entonces bajó su cabeza a preguntarle si estaba bien. Teresita se puso muy contenta de poder comunicarse con alguien y al rato eran grandes amigos. Fue así que le comentó que se había quedado sin poder lograr lo que soñaba. El caballito la escuchó con mucha atención y entonces le propuso:

—¿Por qué no te subís a mi lomo y nos vamos hasta el Monte de las Brujas?

—¿Al Monte de las Brujas? ¿Para qué? —contestó Teresita muy asustada y muy desorientada.

—Para visitar a la lechuza curandera. Ella es muy inteligente y podría ayudarte —contestó el potrillo—. ¡Dale, vení!

La tortuga no se hizo rogar. Tenía muchas ilusiones y al escuchar con asombro las hazañas de la curandera, su corazón se llenó de esperanzas. Es que la lechuza del Monte de las Brujas había curado a un gato cuyos bigotes se habían enrulado de un susto, después de ver la luz mala. Asimismo, había logrado que un zorzal de la laguna recuperase su canto, robado por un tordo. Teresita ansiaba que ella también tuviese una solución para aquello que la afligía: su lentitud.

En menos de dos galopes cortos, llegaron al consultorio de la lechuza. Ésta los recibió muy amablemente. El potrillo, por su parte, se encontró una yegüita alazana muy buen moza y se fue a piropearla, loco de amor a primera vista. La curandera escuchó a Teresita, revoleó los ojos para todos lados y dijo muy seria:

—¡Ah, m’hija! Esto es muy difícil para mí. Diría que imposible. Puedo arreglar cosas que se descomponen, pero nunca fallas de fábrica. Vas a tener que buscar a alguien más para esto.

A la pobre tortuga se le cayó la ilusión hecha pedazos. Ella se veía paseando y luciendo su gorra de guarda de tren en todos los acontecimientos del pueblo. Aguantando las ganas de llorar se fue caminando despacito por la calle de tierra, esquivando como pudo los huellones de los tractores que la última lluvia había dejado ¿Y el potrillo negro amigo suyo? ¡Ni noticias! Después del último relincho de amor se había ido por el campo con la yegüita alazana que le robara el corazón en un minuto.

Triste, sola y lenta iba Teresita de regreso a su hogar del Puente de los Carros. Tenía el corazón como un trapito arrugado…hasta que observó a un costado del camino, dos carteles que le llamaron mucho la atención. Uno de ellos decía:

CHIQUERO
“EL CHANCHO FELIZ”

A un costado, había uno más chico que decía con letras rojas:

SEBASTIÁN MARTILLETTI
—CHANCHITO ARREGLATODO—
SEGUNDO CHARCO A LA DERECHA

La tortuga no lo pensó dos veces. Le consultaría a Martilletti. Si vivía en un sitio con ese nombre y tenía esa publicidad, lo que la afligía podría resolverse. Siguió las instrucciones y se encontró con un lugar limpio, prolijo y ordenado donde había tablones y maderitas, clavos de techo bien largos como modelos de revista, tornillos cortos y panzones, ruedas de silla de bebés y de camiones, un mundo de herramientas muy bien colgadas en su lugar y un chanchito con cara de trabajador y simpático.

En cuanto vio a la tortuga, su cansancio y su cara de desconsuelo, adivinó qué le estaba pasando y más rápido que un ratón apurado por el gato, tomó una cinta y le midió las patitas a la tortuga, diciéndole:

—Mire, señora, súbase a la balanza y después, ya que está, cébeme unos mates.

Al mismo tiempo, fue eligiendo materiales y herramientas. Antes de que hirviera el agua Teresita empezó a cebar y cuando la pava ya estaba casi vacía, ante sus ojos el Chanchito carpintero le presentó la más hermosa y rápida patineta. La pintó de rosa con rayas azules, a gusto de la tortuga y le agregó un mástil con una vela de tela verde.

—Así podrá cortar camino y llegar al pueblo cruzando la laguna cuando quiera llegar más temprano —explicó el gran Martilletti.

—¿Cómo puedo pagarle tan buen trabajo? —preguntó Teresita, con la gorra puesta y enfilando para el centro.

—Viniendo a cebarme unos amargos cuando pase por aquí —le respondió el chanchito mientras ordenaba todo y afinaba su guitarra para tocar algo antes de ir a descansar.

—¡Será un placer! —contestó la tortuga diciéndole chau con la mano. Y se fue para la plaza.

Mientras su amigo templaba la vihuela y entonaba una milonga campera, ella siguió su camino, feliz por la ayuda conseguida… ¡La fiesta la estaba esperando y por fin podría llegar a tiempo para disfrutarla!

Había baile y Teresita, arriba de la patineta, pudo bailarse tres rancheras y un vals vienés. Regresó al amanecer a su casa del puente viejo. Al mismo tiempo lo hacía su amigo el potrillo negro. Llegaba loco de contento y con una margarita del campo atrás de la oreja izquierda como recuerdo de su novia, la yegüita alazana.

Cuando se encontró con Teresita se comentaron las novedades, sintiéndose tan, tan felices que se les dio por cantar aquello de:

Caballo Verde
Yo tengo un caballo verde, que hace piruetas.
Se sabe lavar los dientes, va en bicicleta.
Tiene un callo en la barriga, de estar echado.
Y cuando se mete al agua, sale colorado.
Yo le enseñé a hablar
Y sabe relinchar
Y juega al tatetí
y sabe hacer pichí
Y es tan inteligente que se pone lentes
Pa’ poder mirar…
Y es tan inteligente que se pone lentes
Pa’ poder mirar…


Ya estaba alto el sol cuando se fueron a dormir cada uno a su lugar para que este cuento llegara al final.



FIN

María Alicia Esain ©2006


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https://www.freepik.es/vector-gratis/tortuga-linda-blanco_5290776.htm


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Visto y leído en:

Para chiquitines
http://parachiquitines.com/cuentos/teresita-la-tortuga-veloz-autora-maria-alicia-esain/


Cuento» El Mago Tropezón, de María Alicia Esain


¡Pobre mago! Cada vez que actúa los trucos le salen al revés y en lugar de aplausos, sólo consigue burlas y silbidos de desagrado. No sabe qué hacer. Ensaya y ensaya… ¿Tendrá esta noche la ocasión de lucirse? Debe actuar en un gran teatro. El dueño ha prometido contratarlo para varias funciones si al público le gusta su magia.

A la hora del espectáculo la gente colma las plateas. Las luces están encendidas y todos esperan que el mago se presente. Sobre el escenario están sus elementos mágicos. Una música llena de suavidad y misterio suena al comenzar…

Tropezón y su ayudante, la hermosa Titina Poligriya hacen su aparición. Él, de negro, con galera oscura y zapatos plateados, al igual que su varita mágica. Ella: una túnica roja y oro, los ojos pintados de azul y plumas color fuego en el pelo. Calza sandalias altísimas bordadas en piedras… ¡Se ha anunciado función de lujo!

La música se detiene, las luces van apagándose. Un reflector ilumina el escenario… El artista hará un truco con naipes gigantes… Explica qué carta debe aparecer, mueve la varita y pronuncia las palabras mágicas:

¡Chiriripín, chiripiuska,
que se haga la magiuska!


En lugar de la carta esperada, salen volando todas las cuentas que el mago debe pagar. Son tantas que tapan las cabezas de la primera fila de asientos por completo.

En medio de un silencio terrible y sin ponerse nervioso, Tropezón hará el truco de la galera y el conejo. Mueve la varita. Pronuncia las palabras mágicas:

¡Chiriripín, chiripiuska,
que se haga la magiuska!


Salen una gallina con cinco pollitos que caminan por el pasillo central del teatro y van a la salida como saludando entre cacareos y pío-píos… Vuelve el silencio.

Es el turno de las cajas mágicas con palomas…Se prepara el mago y Titina Poligriya le acerca lo necesario. Mueve la varita. Pronuncia las palabras mágicas:

¡Chiriripín, chiripiuska,
que se haga la magiuska!


Aparecen dos ranas y un loro. Titina grita como loca, se le quiebra un taco y el loro se le posa en su cabeza… El público permanece en silencio total…

Esta vez no fallará. Con unas sogas especiales es atado por Poligriya, él se desatará y los errores se olvidarán. Mueve la varita. Pronuncia las palabras mágicas:

¡Chiriripín, chiripiuska,
que se haga la magiuska!


Al instante se produce en el escenario un movimiento de sogas, brazos y piernas tal que Tropezón parece un paquete del correo, pero con galera. Silencio…

De pronto, estallan carcajadas gruesas y finitas, aplausos como truenos Los asistentes lloran de la risa. Algunos se ponen de pie para felicitar al mago y otros se acercan al dueño del teatro para decirle que se han divertido muchísimo. Tropezón y Titina Poligriya, al borde del desmayo, escuchan:

—¡Este espectáculo cómico está contratado!

Y de tanto desastre, nace un nuevo éxito… La suerte del mago ha cambiado.



María Alicia Esain ©2006



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Ilustración: Diego Rocha. Diseñador Gráfico. Coahuila, México
Domingo de niños. ©El Diario de Coahuila, sábado, 17 de mayo de 2014

https://www.eldiariodecoahuila.com.mx/ninos/2014/5/18/el-mago-tropezon-434459.html

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Visto y leído en:

©El elefante lector. Blog de Arancha Arnau, periodista y pedagoga.
http://elelefantelector.blogspot.com.ar/2011/10/el-mago-tropezon.html


Cuento» Felipe, el soldadito cantor.
De María Alicia Esain


Felipe estaba harto de ser soldado de torta. En una casa con cuatro niños: Valerio, Víctor, Venancio y Valentín, todos los años le tocaba un cumpleaños de trabajo… ¡Era demasiado! Estaba decidido a cambiar de actividad. Quería ser útil toda la temporada.

Escuchó que el menor, Valentín, de sólo un año, lloriqueaba en la cuna. Su mamá estaba hablando por teléfono, entonces Felipe salió de la alacena y en puntas de pie fue hasta la almohada de Valentín. Le cantó bajito:

Duérmase niñito, duerma Valentín,
su amigo Felipe lo cuidará aquí.


¡El nene se durmió!

Esa tarde comenzaban las clases para Venancio y estaba asustado. Era la primera vez que se separaba de Mamá. Entonces Felipe se deslizó en su bolsillo y cuando llegó el terrible momento, le cantó bajito:

Tranquilo Venancio. Quédese tranquilo,
que aquí en su bolsillo lo cuida un amigo.


El niño acarició a Felipe en su bolsillo y se sintió seguro.

A la nochecita se preocupaba Víctor. Debía escribir una historia y no se le ocurría ninguna…Miró hacia la alacena. Vio que Felipe le hacía señas. Se acercó y escuchó:

—Mi querido Víctor, si debe escribir, escriba mi historia, hábleles de mí.

Entonces el niño contó que él y sus hermanos, para los cumpleaños, tenían una torta donde un soldadito… y le salió un cuento tan hermoso que le gustó a todos.

En la clase de deportes debía jugarse un partido muy importante. Como Felipe estaba al tanto, se había metido la noche anterior en el bolsillo de Valerio. Cuando estaba por concluir el encuentro, el equipo necesitaba marcar un tanto. El jugador que debía hacerlo era él, que oyó a Felipe entonar:

Todo saldrá bien. ¡Ánimo Valerio,
se lo digo ahora y lo digo en serio!


Fue como ocurrió y ganaron.

Felipe estaba contento con su nueva ocupación, aunque veía que ya había cantado para sus cuatro amigos. ¿Se le presentaría otra oportunidad...? Lo dudaba… Los niños irían a visitar a una vecina anciana que siempre les preparaba una golosina especial: dados de pan tostado con miel. Allá fue Felipe también, en un paquete para la viejita.

Los mayores jugaron con Chiquita-ése era el apodo de su vecina-a la casita robada y los más pequeños le ayudaron a alimentar a las gallinas con granos de maíz. La tarde pasó muy rápido, como la anterior. Volvieron a su hogar. Felipe no. Él vio una gran tristeza en los ojos de Chiquita y resolvió quedarse.

Cuando en la casa sólo hubo silencio y las gallinas se fueron a dormir, la viejita se preparó una taza de té con leche y pan. Se sentó a la mesa y allí estaba Felipe, cantando como las otras veces:

Señora Chiquita, me voy a quedar,
nunca más solita usted estará.


Así fue. Felipe está con ella y todos los días le inventa una canción nueva. Los niños siempre los visitan, por supuesto.



FIN


(c)María Alicia Esain, 2006

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Ilustración: @brgfx - Licencia premium de Freepik

https://www.freepik.es/vector-premium/muchos-juguetes-estantes-madera_1824100.htm


Visto y leído en:

RINCONES DEL JARDÍN - Espacio para Docentes del Nivel Inicial
http://elblogderinconesdeljardin.blogspot.com.ar/2010/08/cuento-de-agosto.html


Cuento» Urraca flaca, de María Alicia Esain


Se anuncia en el campo un gran baile de plumas y picos. Toda la pajarería se adorna con las mejores plumas. El hornero, bien marrón; el cabecita negra, con su gorrita lustrosa; el benteveo, amarillo y negro como los taxis de Buenos Aires, el picaflor es el más bonito, por supuesto. Las cotorras y su verde aportan lo suyo. Realmente un espectáculo de gente volante. Hay una que ha tenido que sacar de un lado y de otro algo para lucir mejor. Su plumaje no es demasiado atractivo y como le gusta llevarse al nido cosas que brillen, muchos no la quieren cerca. ¿Esta noche será diferente? Espera con muchas ganas la ocasión, porque está decidida a hacerse de amigos: la soledad no le gusta nada.

Urraca Flaca está preciosa en la fiesta de los pájaros. Sus plumas no serán coloridas, pero adornada con collares, pulseras, aros y broches que brillan parece una estrella luminosa. Se mira en su espejito de papel de plata y no se ve como desearía. Ella quiere tener cara de buena, además, pero casi nunca le sale.

Ahora está un poco triste porque escuchó una conversación entre la tijereta y el pájaro carpintero:

—¡Esa Urraca Flaca no presta nada! —cuenta la tijereta—. Hace unos días le pedí una tijera porque la mía estaba desafilada y me la negó. La necesitaba para cortarle el penacho al cardenal. Soy peluquera. Miró para adentro del nido y me dijo: "¡Qué macana, no tengo nada!"

—Me pasó algo parecido —respondió el pájaro carpintero—. A mí me faltaban clavos para el ropero de los gorriones. Ellos lo necesitan con urgencia, porque se viene el verano y tienen que guardar la ropa de invierno. También le pedí algunos a Urraca Flaca. ¿Sabe qué contestó? "¡Qué macana, no tengo nada!"

En ese momento llega una paloma mensajera llorando a todo volumen:

—¡Uhhhhhh! ¡Uhhhhhh! ¡Uhhhhhh! Soy paloma mensajera y he perdido mi pulsera. ¡Uhhhhhh! ¡Uhhhhhh! ¡Uhhhhhh!

Entonces Urraca Flaca viene volando y le da su brazalete dorado más hermoso. Enseguida se mira nuevamente en el espejo de papel de plata y se ve cara de buena. Un poquito, por lo menos.

Aparece una gaviota vieja a la que le falta un ojo de cuando era gaviota pirata.

—Urraca Flaca. ¿No tendrás una perla negra para hacerme un ojo?

—¡Qué macana, no tengo nada! —dice la urraca casi sin pensarlo. Luego recuerda sus momentos frente al espejo de papel de plata y cambia—. Miraré qué tengo debajo de la cama ¡Venga mañana!

Lo piensa mejor, busca dentro del nido, encuentra lo que la gaviota anda necesitando y se lo alcanza.

—¡Gracias, Urraca Flaca! ¡Qué favor me ha hecho! Venga mañana a mi nido, a comerse un lindo guiso de gusanitos —le responde la gaviota y la Urraca Flaca está muy feliz. ¡Tiene una amiga!


FIN


(c)María Alicia Esain



Ilustración: © Igor Zakowski
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Visto y leído en:

El jardín online
http://www.eljardinonline.com.ar/cuentosnuevos.htm#urrac






—¿Dónde está mi Pepita Catalina? —preguntó Cecilia, con ganas de llorar. Esa noche se quedaría a dormir con sus abuelos, pero sin su muñeca de trapo al lado, el sueño no vendría nunca.

—Yo no la vi —dijo Bernardo—. Acá, con mis herramientas, no está —y siguió arreglando su grúa verde—. Si la encuentro desarmada, le pongo tornillos y te la doy.

Gabriel, por su parte, exclamó:

—Yo tampoco la vi. Estoy luchando contra los monstruos ¡No sé si ellos se la llevaron, pero les ganaré y la traeré de vuelta para la noche, te lo aseguro, Cecilia!

El bebé Vittorio sólo hizo BRRRRRRRRRRR Ta Ta (Él todavía no sabe hablar, pero seguro que quiso decirle a Cecilia: Yo tampoco la vi. Si la encuentro en mi cuna, te la doy. Sólo necesito a mi elefante azul para dormir…)

Cecilia se sintió cada vez más triste, tanto, que hasta se le desenrularon no solamente los rulos, ¡sino hasta sus pestañas! Su naricita se perdió entre los cachetes y dos lágrimas panzonas bajaron de sus ojos.

—¿Dónde está mi Pepita Catalina? ¿Cómo haré para dormir sin ella en la casa de la abuela? Si no la tengo conmigo, el sueño no vendrá.

En ese momento, llegó Dorotea, la vecina coqueta de enfrente. Cuando se enteró de lo que sucedía, dijo, resuelta:

—¡Pero querida, comprate una MELANIE, la muñeca que está de moda! ¿Para qué tener una de trapo si MELANIE es como las modelos de televisión? Pepita Catalina es una antigüedad.

—Pero yo la quiero mucho —dijo bajito, la nena— es suave y blandita. La hicimos con la abuela en una tarde de lluvia. Ella la cosió y yo le ayudé. Le pusimos peluquita y botitas en los pies…Y otras dos lágrimas fueron bajando de sus ojos…

En ese momento sonó el teléfono. Era Lilú, la bibliotecaria. Preguntaba por la dueña de la muñeca.

—¡Hola!, ¿Cecilia?, ¿Recordás que vinieron hace un rato, con la abuela, Bernardo, Gabriel y el bebé Vittorio a buscar cuentos? Hay algo que olvidaste…

—¡A Pepita Catalina! —exclamó, casi segura, Cecilia.

—¡Sí! —respondió Lilú— la dejaste en el estante de los cuentos de brujas. Ella se quedó leyéndolos… Recién la vi. Al salir, te la alcanzaré. También llevaré los libros que le gustaron.

Esa noche, la abuela leyó a todos muchos cuentos de brujas y Cecilia logró dormir feliz con Pepita Catalina.



FIN


(c)María Alicia Esain




Ilustración: Yanina Santoro (ninarana) Ilustradora y Diseñadora Gráfica
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Revista Pido Gancho Nº 37
https://issuu.com/revistapidogancho/docs/pg_37

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Visto y leído en:
Barco de papel. Revista Infantil.
http://barcodepapelrevistainfantil.blogspot.com.ar/2010/12/pepita-catalina-se-perdio.html




Ágata, la gata, quiere ser pirata. Ha encontrado el mapa de un tesoro. Piensa salir a navegar por los siete mares para conseguirlo.

Ya convenció a su marido, Fortunato Malagato.

Llevarán con ellos a sus cuatro gatitos: Robertito, Cholito, Nito y Tito. Construirán un barco y prepararán equipajes, armas y alimentos. ¡Será una aventura increíble!

Los pájaros carpinteros trabajan y trabajan: el barco debe estar listo para la próxima noche de luna llena. Es la fecha elegida por Ágata y Fortunato. Los carpinteros también deben hacer seis patas de palo: dos grandes y cuatro pequeñas, ¡porque no hay piratas sin patas!

Las arañas tejedoras y modistas se encargan del vestuario: pantalones a media pierna, remeras rayadas, pañuelos negros y parches para los ojos.

La urraca les da latón para sus espadas, unos aros dorados para sus orejas y unas cañas de pescar para que no pasen hambre en el mar…

Ágata cocina muchas galletas marineras y las coloca en grandes bolsas. Poco a poco todo está listo.

Por último, Fortunato y su esposa van a entrevistarse con Córcholis, la lechuza sabia. Quieren asegurarse de que el mapa los conducirá al tan deseado tesoro.

Ella los recibe, los saluda con un revoleo de sus grandes ojos y con otro revoleo mira el mapa. Entonces dice:

—¿Por qué se van tan lejos? ¿Los gatos saben nadar? ¿Les gusta la comida para perros? ¿Han probado con cantar?

—¡¿EHHHHHHH?! —exclama Ágata.

—¡¿EHHHHHHH?! —se asombra Fortunato Malagato.

—¡¿EHHHHHHH?! —maúllan juntos los cuatro gatitos: Robertito, Cholito, Nito y Tito.

—Es un viaje demasiado largo. Pueden caer al agua y no les gustará. Ese tesoro es un baúl lleno de huesos. Necesitamos cantores de serenatas… —responde Córcholis y los convence.

Vestidos de piratas, la gata Ágata, su esposo Fortunato Malagato y sus hijos, los cuatro gatitos: Robertito, Cholito, Nito y Tito, forman una divertida comparsa que canta por las noches, recorriendo el barrio en un barco con rueditas. No corren ningún peligro y divierten a todos con esta canción:

SOMOS PIRATAS DE CUATRO PATAS,
Y AUNQUE NO VAMOS A NAVEGAR,
A LAS ESPADAS Y A LOS CAÑONES
LOS USAREMOS PARA CANTAR.
PARCHE EN EL OJO, PATA DE PALO,
GATOS PIRATAS Y MUSIQUEROS,
EN EL ASUNTO DE DIVERTIRSE…
¡COMO CANTORES SOMOS PRIMEROS!


¿Qué pasó con el plano del tesoro?

Pues Ágata, la gata, su marido, Fortunato Malagato y cuatro gatitos: Robertito, Cholito, Nito y Tito se lo regalaron a Barba Gris, un perro amigo que necesitaba encontrar muchos huesos para alimentar a su familia.


Y COLORÍN, COLORATA,
ASÍ TERMINA EL CUENTO DE LOS PIRATAS.




FIN


©María Alicia ESAIN



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Ilustración: @bhonard -Licencia premium de Freepik
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Visto y leído en:

La fábrica de cuentos
http://lafabricadecuentos.blogspot.com.ar/2011/03/una-gata-pirata-por-maria-alicia-esain.html




En el barrio ha aparecido una perrita. Nadie sabe de dónde salió. Está lastimada, sucia y hambrienta… ¡Tiene unos ojos tan dulces!

Tito, el mecánico, ha llamado al veterinario. ¡Éste ha curado a la perrita y además, le ha puesto un montón de inyecciones. Tito le dice con suavidad:

—Tranquila, el doctor te hará bien.

Mientras tanto, le arma una cama de trapos viejos y acuesta en ella para que se sienta mejor.

Esta mañana, la perrita se ve más fuerte. Tito la lleva al lavadero de coches. Entre todos le dan un baño espumoso y tibio.

¡La perrita queda preciosa!

Rolo, el carnicero, la llama desde la vereda de enfrente. Ella se anima y cruza la calle con cuidado. Rolo le regala un montón de huesos con carne. Marita, la señora del almacén, se los cocina con harinado maíz y cáscaras de queso. ¡Cómo se llena la panza de la perrita, parece un tambor!

De pronto, suena la sirena de los bomberos… ¡Qué susto! La perrita corre a refugiarse entre los repuestos del taller de Tito. A ella, la sirena, la llena miedo.

Cuando sale la primera estrella, aparece por el barrio Bernardo, un nene rubio, muy simpático. Va a visitar a su abuela, que vive en la casa amarilla con techo de tejas. La perrita sale a recibirlo y él la saluda con la mano.

Llega la noche, Tito cierra el taller, Rolo, la carnicería y Marita hace lo mismo con el almacén. Deciden dejar a la perrita en el lavadero de coches, que tiene siempre un portón abierto. Así, ella podrá salir cuando desee.

La perrita obedece a sus nuevos amigos y se acomoda entre las mangueras y los cepillos. ¡Está triste, sabe que pasará sola la noche! ¿Recordará, quizás, alguna casa, otros amigos?

La luna la cuida y las estrellas le hacen guiños, todo es silencio. La perrita se acurruca y se duerme. ¡Sueña con Bernardo!

Al día siguiente, él aparece con su mamá y la invita a ir a su casa. ¡Le da un nombre: Chichín! La perrita se va con él…

¡Tiene casa con nene, qué felicidad! Pero no se olvida de quienes la ayudaron, los visita cada tarde cuando Bernardo va a la casa de su abuela.



FIN

©María Alicia Esain



Ilustración: @valya_svirido - Licencia premium de Freepik
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Visto y leído en:

EnCuentos
http://www.encuentos.com/cuentos-de-animales/la-perrita-chichin/





—¡Una MAMIPOSA! —gritó Agustín y nadie en la casa entendió.

Al rato, pasó por allí el tío José. Venía muy apurado. Les dio un beso a los chicos. Se fue murmurando algo extraño: PAPIROSA, PAPIROSA…

A Lucía eso le llamó la atención. ¿Qué nombrarían? Fue a la biblioteca. Sacó del estante un libro azul, grande, gordo… Su mamá le había dicho que se llamaba diccionario. En él podría encontrar a todas las palabras.

Buscó la M. Recorrió las páginas con esa letra… ¡MAMIPOSA no estaba!

Luego siguió con la P. Ocurrió lo mismo. PAPIROSA tampoco aparecía… ¿Cómo sabría, entonces, qué habían querido decir su hermanito y el tío José?

Tomó el celular y llamó a su abuela. Ella le comentó que tampoco conocía esas palabras. Consultarían a una amiga suya, bruja muy lectora que vivía cerca de su casa, allá por las plazoletas con palmeras.

La bruja jamás había escuchado eso de MAMIPOSA o PAPIROSA, pero conocía a Córcholis, la lechuza sabia de la laguna.

Al día siguiente, cuando saliese a caminar, le preguntaría sobre el tema. Debía madrugar mucho. Córcholis se iba a dormir al amanecer. No le gustaba que llamasen a su puerta si recién acababa de acostarse…

“Tercer ceibo a la derecha, a la orilla del juncal”, recordó la bruja, buscando el agujero oscuro donde vivía la lechuza. El sol todavía estaba lejos cuando comenzó la caminata. Por fortuna, Córcholis venía llegando, abrazada a su guitarra y tarareando una milonga.

—¿MAMIPOSA , PAPIROSA? ¡Qué cosa tan misteriosa! —exclamó la lechuza. Sin dudar, se fue a buscar su libro de conjuros.

Tenía mucho sueño, pero valía la pena averiguar el asunto…

—MAMIPOSA o PAPIROSA, nada raro para la gente curiosa —dijo al salir de la cueva. Traía una hoja amarillenta escrita en lechucés, su idioma especial.

—¿Qué debemos hacer, Córcholis? —preguntó la bruja— ¿Cómo puede Lucía descubrir este misterio?

—¡Ah…! Cosas…

—¿Maravillosas? ¿Horrorosas? ¿Espantosas? ¿Asombrosas? —dudó la caminante.

—Cosas… Cosas…, nada más —la tranquilizó la lechuza.

Luego, le habló al oído, explicando lo que decía la hoja amarillenta, le dio una bolsita dorada, le palmeó el hombro… ¡Y se fue a dormir!

La bruja sacó del bolsillo su celu-murciélago. Se comunicó con la abuela de Lucía. Le pasó las instrucciones para resolver el caso. Volvió a su casa y se puso a rallar remolachas y zanahorias… (Preparaba un hechizo para su marido, el brujo viejo que se volvió conejo). Esa tarde, todo quedaría aclarado.

Cuando llegó el ómnibus rojo y amarillo, bajaron de él la tía Marisol y Lucía. Subieron a un auto plateado. Dieron tres vueltas a la plaza principal del pueblo. Se fueron a la casa de la abuela.

Allí, prepararon el mate. También recortaron letras grandes de una revista. Las pegaron sobre trozos de cartulina. Al mate, le pusieron yerba y el polvito especial de la bolsa dorada que les había dado Córcholis, diciendo:

“POLVITO PARA IMAGINAR, POLVITO PARA SOÑAR, PALABRITAS PARA ARMAR”

¿Descubrirían así el misterio de las palabras extrañas?

Poco después, luego de tomar cada una tres mates amargos, repitieron tres veces

“MAMIPAPI-POSAROSA
MAMIPOSA, PAPIROSA
MAMIPOSA, PAPIROSA
MAMIPAPI-POSAROSA”.


A continuación, mezclaron las letras sobre la mesa como haciendo un revuelto…

También, se pusieron cada una, una flor en el pelo, a continuación de ¡Snif! ¡Snif! ¡Snif!; olerla tres veces frunciendo la nariz…

¡La magia resultó! Desde la ventana, entró un aire de colores, como un arco iris volador. Sopló sobre la mesa. Al instante, Lucía formó una palabra muy conocida:


MARIPOSA


¡Fin del misterio!



© María Alicia Esain


Ilustración: @childrensillustration - Licencia premium de Freepik
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Visto y leído en:

EnCuentos
http://www.encuentos.com/cuentos-infantiles/las-palabras-misteriosas-cuento-de-mariposa/

“La lectura abre las puertas del mundo que te atreves a imaginar"

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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